Ojos ambarinos

El dolor era insoportable. Mi pierna sangraba y no podía levantarme. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente tras escuchar el disparo. Lo único que tenía grabado en la mente era el rostro sin vida de la mujer que había apretado el gatillo. Era igual que un autómata. Sin sentimientos. Sin corazón. Sus ojos, color ambar, igual que el bourbon del que abusaba, destilaban odio. Vi pasar mi vida entera en ese momento. No encontré ningún recuerdo feliz. Tampoco estaba muy seguro del verdadero significado de felicidad. No podía hablar de lo que nunca había sentido. ¿Qué recuerdos iba a tener un triste oficinista que se ha pasado media vida entre montones de papeles llenos de números incomprensibles?

«Maldita burocracia» -mascullé intentando mover la pierna. No sé por qué le echaba la culpa de mi mala suerte a aquellos folios interminables. «Has perdido mucha sangre. Estás delirando». Sentí una voz interior que solamente afloraba en situaciones adversas. Esta lo era. Vaya si lo era. Apreté con fuerza el muslo y aullé de dolor. La bala había penetrado en el músculo. «Mal negocio» hubiese dicho Johnny. Se parecía a aquel mafioso cuyo apellido siempre me había hecho gracia. Stompanato. «Estoypasmado» decíamos en la oficina. Johnny Estoypasmado. Lo cierto era que la mujer que me había disparado se parecía a la novia de aquel capo de la mafia. Era rubia, aunque era más alta que la chica del gangster. ¿Pero en qué estoy pensando? «Estás al borde de la muerte. Haz algo.» Muerte. Nunca había pensado tanto en ella como aquella noche. «Estoy haciendo tiempo. No te preocupes. Iré en un rato.» -hablé en susurros como si la tuviese delante. Me pareció escuchar una guadaña rasgando el aire. Me entraron ganas de fumar un cigarrillo. Qué triste. No tenía cerillas. Ni un último deseo antes de irme del mundo de la misma forma que vine: vacío por dentro. Pero me gustaba estar vivo. Era algo que no podía remediar. Se abrió la puerta y entró una figura encapuchada cubierta de negro. Portaba una guadaña gigantesca que arrastraba por el suelo. Era el sonido de la muerte. Ya estaba aquí. Se quitó la capucha y comprobé con horror que era de carne y hueso. No era para nada como me la había imaginado en los libros. Ni como la había visto en las películas. Reconocí al instante aquellos ojos ambarinos que me escudriñaban. Cerré los míos antes de entrar en el reino de la oscuridad.

The Phantom of the Opera.


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