¡Es benigno!

Me llamo Boris, Boris Grushenko. Soy, por así decirlo, un amante del arte. Vivo en Manhattan, pero nunca olvidaré aquella medianoche en París con Tracy. Digo con Hall, Annie Hall. No, esperen. Se llamaba Afrodita. Sí, Afrodita. No había duda. No nos pudimos conocer en una situación más surrealista. Créanme cuando les digo que es para desternillarse. Verán (imaginen que en este momento está hablando Joan Pera) no les miento al decirles que las balas llovían, literalmente, sobre Broadway. Yo había ido al Majestic a ver a mi amigo Ben Crawford, que interpretaba al fantasma de la ópera. Adoraba la obra de Gastón Leroux. En la entrada había dos tipos muy sospechosos. Eran… eh… ¿cómo se lo explico? ¿Visualizan a uno de esos gangsters de los años 40? Sí, esos que salen en el cine. Van con su gabardina, su sombrero de ala, su revólver… ¿comprenden? Oigan, siempre que veo una de esas películas es como si traspasara la pantalla. Siempre noto que me fundo con la niebla, ¿saben? Eh… eh… bueno. Como les iba diciendo, estaban a la puerta del teatro, aparentemente sacando una entrada para ver la obra. Y allí estaba ella, detrás de la ventanilla. Dios mío, pagaría todos los días sólo porque me dijera eso de «¿otra vez aquí?» Qué voz tenía. -¡Acelera, Boris! -sururra alguien por detrás. -Ya voy, ya voy. Qué pesado. Me recuerda a aquel seductor que soñaba y que recibía consejos del mismísimo Humphrey Bogart. De pronto, esos dos tipos comenzaron a disparar descontroladamente por todo el teatro. No me había dado tiempo a atarme los cordones cuando alguien se abalanzó sobre mí. -¿¡Pero qué haces ahí parado como las hermanas de mi amiga Hannah?! -¿Qué Hannah? -logré decir en medio de todo el jaleo. ¡Imagínense la situación! Dos locos disparando a diestro y siniestro y la taquillera hablándome de una tal Hannah. Bueno, nos levantamos como pudimos y escapamos de allí.

-¿Eh, eso que llevas colgado es un escorpión? -le pregunté mientras me ajustaba las gafas. -¿Te gusta? Es de jade. -¿Jade? -inquirí estupefacto. ¿Dónde había oído ese nombre? Me sonaba muchísimo. -¡Boris! -me apremió el pesado que siempre se ponía detrás de mí en la cola del cine.

Total, caminamos toda la noche por Nueva York hasta que paramos a cenar en un restaurante chino. A Afrodita le encantaba toda aquella gastronomía, comer con palillos, beber baijiu… Demonios, ¡yo no sabía ni coger los malditos palillos! No estaba tan nervioso desde aquella visita a mi médico. Por suerte, era benigno. -¿Tu médico sche fiamaba Benigno? -preguntó ella con la boca llena de pollo kung pao. -No, no… el tumor. -¿Fhué? -todavía no había acabado de masticar. -¿Más arroz frito?.

Terminamos de cenar y fuimos a tomar una copa. La llevé al café society, un rincón que se asemejaba al Hollywood de los años 30. Maldita sea, ¿pero de qué me sonaba ese nombre? Ya me había pasado antes. Miren, yo… yo… -¡Boris, termina! -Esta vez no era el pesado del cine, sino mi psicoanalista el que me metía prisa. Estábamos tomando una copa tranquilamente. Afrodita me hablaba de su trabajo de taquillera y yo le intentaba explicar el sentido de la vida tras haber tomado la decisión de creer en dios. -Necesito una prueba definitiva. Estoy dispuesto a hacer lo que sea -le decía mientras daba pequeños tragos a mi Martini. Ella me miraba con incredulidad al mismo tiempo que soltaba risitas flojas, pero cómo me gustaban. De repente, como si fuera la cosa más normal del mundo, se abalanzó sobre mí. Se abalanzó. ¿Entienden? Sí, eso hizo. Me gustaría decir que fue para besarme, pero en realidad fue para que no nos viese su marido, que resultó ser uno de los gangsters que estaban disparando en el Majestic. Imaginen mi cara al ver a semejante salvaje. Y encima me dio la mano para ayudarme a levantarme mientras me decía que lo suyo también era benigno. ¡Amigos, si la vida fuese así!

The Phantom of the Opera


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