Bruma, arena y tipas duras

Muchos de ustedes se preguntarán qué tienen en común el cine negro y el salvaje oeste. Es natural. Uno se caracteriza por esos claroscuros magistrales, las figuras engabardinadas, los sombreros de ala y los antros infectos de inmundicia en los suburbios de las ciudades. Todo ello entre whisky barato y humo de tabaco, cuya brasa rojiza puede distinguirse a través de la eterna niebla. En el otro, sin embargo, es la arena la que predomina. Es normal, sheriff. Estamos en el desierto de los vientos. ¿Qué se pensaba? Normalmente, en estos parajes, hace un calor abrasador. Estoy seguro de que cualquier jinete prefiere mil días de lluvia continua que una de esas mañanas en el desierto de Tabernas en las que se puede freír un huevo en el techo de la diligencia. Y todo por un puñado de dólares…

No obstante, la confluencia entre ambos géneros no radica en los elementos del paisaje, sino en las personas. ¡Pero bueno! ¿Y ahora nos sale usted con estas? ¿¡Qué tienen que ver un sheriff y un detective?! Cálmense, que no van por ahí los tiros. Aunque podrían, pues si algo sobra en estos asuntos son eso: balas. ¿Qué importa si dispara un vaquero o un gangster? Pero, como digo, no me refiero a las armas. Tampoco me refiero a los hombretones de estas películas. Yo hablo de plumas, de guantes hasta los codos, de ranchos regentados por rubias legendarias, de bailes hechizantes cuyos contoneos son un presagio de muerte. No piensen los lectores que el que esto escribe quisiera verse en la tesitura de tener que hacer frente a una de estas señoras que, entre cigarrillo y copa, pueden ser la perdición del más pintado. En el desierto ocurre un poco lo mismo. Que se lo digan a los habitantes de Río Bravo cuando, ni corta ni perezosa, se presentó allí «Feathers», la mujer de las plumas. Sin ir más lejos, me recuerda a otra señorita que también era una superviviente en la isla de Martinica. Si bien, esta última nos enseñó a silbar, «Feathers» demostró que era la dueña del oeste polvoroso.

¿Y qué me dicen de Altar Keane, aquella rubia berlinesa que regentaba un rancho de forajidos? De armas tomar, sin duda. Ni una grieta, ni una costura rota. Se comió, cinematográficamente, al resto del reparto. Desde el primer momento, se sabe quién lleva la batuta. Quién es la dueña, la jefa, la encubridora. Con ese toque chulesco, y el eterno cigarrillo, encuentro similitudes con una chica que nació en Texas, que también era chula como Altar Keane. Trabajaba, en este caso, en un bar de carretera en un pueblo desconocido en el estado de California. Su desparpajo y determinación afloran desde que aparece en escena. Y sí, también arrolla al resto del elenco. Me gusta apodarla, cariñosamente, “el huracán de Texas”. Fumaba, igual que Altar Keane, aunque se llamaba Stella. Y en lugar de con rifles y pañuelos polvorientos, se juntaba con revólveres y gabardinas. Y el tabaco, en vez de liarse, se llevaba en pitillera. Sea como fuere, ángel o diablo, se fue demasiado pronto.

Cuenta la leyenda que hubo otra mujer que era conocida en todo el oeste. Llevaba el pelo corto, camisa amarilla y un pañuelo rojo al cuello. Se llamaba Vienna, y era la dueña de un salón al que acudían pistoleros. ¡Anda, mira, igual que la rubia! Resulta que, un buen día, llegó al local Guitar, Johnny Guitar, un vaquero, otrora amante de la susodicha, muy famoso reconvertido en guitarrista. No obstante, el pistolero lleva la lucha en las venas. Ello se puede apreciar en la escena en la que dispara sobre ese muchacho imberbe. Ella se da cuenta y pronuncia una de tantas frases memorables de la película: «dame ese revólver». A lo que Johnny accede. En el fondo, si uno lee entre líneas, le está protegiendo de sí mismo. De su ansia por disparar. Por batirse en duelo. Es más, en una ocasión le confiesa: «tendré que matar. No sé hacerlo de otra manera.» Esa heroína con melena corta me recuerda a una mujer que se codeaba con un detective, cuyo afán por esclarecer los hechos y demostrar la verdad era tan intenso, que no dudó en hacer todo cuanto estuvo en su mano por salvarle de su propia curiosidad. Incluso cruzaron al barrio chino, y eso que era de sobra conocido el peligro que entrañaba. También era una tipa dura, muy dura, como Vienna, aunque en lugar de botas llevaba zapatos de tacón y collares de perlas.

Podría seguir deleitándome y recordando a grandes musas del séptimo arte, mas entiendan ustedes que, lo bonito de esto, no es que yo se lo cuente por escrito, sino que lo vean con sus propios ojos.

Confío en que los lectores identifiquen las películas y las actrices a las que me refiero, pues su conocimiento cinematográfico es estratosférico. En estas líneas queda reflejado que, sea en la arena del desierto, o en los bajos fondos de una ciudad neblinosa, uno siempre espera escuchar su voz. Lo necesita. Porque sin ellas, el oeste se queda sin pólvora y el noir sin riesgo. Sin forajidas y sin encubridoras. Nos quedan las películas, y el deseo irrefrenable de volver a fundirnos con la bruma mientras el polvo nos ensucia las botas tras un duelo al sol.

The Phantom of the Opera


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