La jungla

Las discusiones y debates superfluos en las redes sociales están a la orden del día. Últimamente, si uno entra en twitter, observará que, más que un lugar en el que supuestamente se intercambian opiniones y conocimiento, es un patio de colegio de niños grandes. Algunos hasta peinan canas. El ruido es ensordecedor mañana, tarde y noche. Las disputas se van sucediendo a medida que van cruzándose mensajes tan patéticos como carentes de originalidad. El que esto escribe, que ejerce de mero observador en estas lides, no puede evitar llevarse las manos a la cabeza ante los exabruptos e improperios proferidos por las partes implicadas en el asunto. Y es que se tiende a hacer una montaña de un grano de arena que acaba en batalla campal. Suerte que estamos detrás de una pantalla, y como mucho, lo más que podemos hacer, es pegarle un puñetazo al teléfono. No quisiera verme enzarzado en un altercado de semejantes dimensiones, pues uno tiene mejores cosas que hacer que ser testigo de los dimes y diretes de aquellos que se recrean en la vacuidad de las conversaciones sobre las formas de tal o cual director, o si este intérprete merece ganar el premio de turno. El cansinismo es la nota dominante en un paraje que no deja de sorprenderme. Cuando creo que lo he visto todo, alguien suelta la perla suprema para dejarme patidifuso. No obstante, en el fondo, uno agradece presenciar las disputas virtuales, sobre si esto es o no cine o si este o aquel ven productos marvelitas aderezados con hueco entretenimiento del nuevo Hollywood. Sirve para pasar el rato cuando no se encuentran otras ocupaciones. Por supuesto, el lector no debe pasar por alto a ese colectivo omnipresente, cuyos acólitos se erigen en defensores de lo políticamente correcto, el buenismo, la inclusión y si mañana es viernes de vigilia y un señor de Carrión de los Condes come carne.

Sin embargo, el usuario twittero no puede decir que no estaba al tanto de todo esto o que no le avisaron, pues si algo advierten antes de entrar a la selva frondosa, hogar de una fauna de lo más pintoresca, es precisamente sobre el continuo intercambio de golpes como si esto fuese el cuadrilátero del Spectrum de Filadelfia. -¡Se hacen apuestas, damas y caballeros! -¡Cien por el señor que dice que no le ha gustado la película! -¡Blasfemia! ¡A mí me ha gustado menos y sólo han dado cincuenta! -¡A mí me encanta Tarkovsky! -¡Pues a mí no, no tiene usted ni idea, y además no ha visto “Los cuatrocientos golpes”!

Los hay tan aguerridos e incombustibles que encuentran el placer en el fragor de la batalla a la vez que, armados con un alfanje virtual, asestan mandobles a diestro y siniestro. Desde luego, con ese empeño e ímpetu, hubiesen sido el terror de los mares en la edad de oro de los piratas. Qué manejo del lenguaje, y que maestría en el uso del «porque lo digo yo». Sí, es un argumento esgrimido frecuentemente por estos lares. «Esto es cine porque lo digo yo» y «esto está sobrevalorado porque lo digo yo.» Y el vino blanco es para el pescado y el tinto para la carne. Pero, francamente, ¿qué sería de esta red social sin una pizca de hostilidad y pasión exacerbada en la búsqueda de la verdad absoluta? Y todo por un puñado de likes.

The Phantom of the Opera


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