Como un niño

De todos es sabido que por los mundos de twitter habita una fauna de lo más pintoresca. Personajes de aquí y de allá, más o menos excéntricos, con unos gustos u otros. Recientemente, en ese paraje conocido como filmtwitter, ha tenido lugar una trifulca (otra de tantas) virtual, pero la tensión, qué les voy a contar a ustedes que lo presenciaron, se podía cortar con un cuchillo. El asunto iba sobre la madurez de aquellos que, según su opinión, y porque les sale de los mismísimos, consideran que ver películas o series de la infancia, o de cuando uno era un adolescente que iba de acá para allá como pollo sin cabeza, es un acto de inmadurez y una afrenta a las altas esferas cinematográficas. Esa élite rancia, cuyos acólitos se erigen en poseedores de la verdad absoluta por ser fervientes admiradores de la nouvelle vague. Servidor también comparte su pasión exacerbada por tan espléndido movimiento, pues es innegable que dentro del mismo hay verdaderas joyas: «Los cuatrocientos golpes» (1959); «Al final de la escapada» (1960); «El fuego fatuo» (1963), y por supuesto, «Hiroshima, mon amour» (1959) Qué prodigio nos brindó Alain Resnais. Una maravilla de la introspección, no cabe duda.

Volviendo al asunto que nos ocupa en el día de hoy, el que esto escribe contempló atónito la tangana twittera que se fue formando a raíz de un mensaje desafortunado procedente de una cuenta que rinde, o dice rendir, culto al cine. Al que ellos consideran, claro. Nos ha jodido. La cosa no tardó en descontrolarse, al mismo tiempo que los espectadores que asistíamos estupefactos al despropósito, navegábamos (o eso intentábamos) por la red social en medio del fragor de la batalla. Creo que llegué a escuchar ruido de alfanjes y estoques. No es de extrañar, puesto que la casa del pájaro azul, como escribí en un artículo reciente, es una jungla. Ríanse ustedes de McClane. Por cierto, ¿es apropiado ver Die Hard, o la cinta de John McTiernan no pasa el filtro del cine? ¿Es Bruce Willis un inmaduro? ¡Caramba, cuántas incógnitas! Les preguntaría a los adalides de la madurez, pero han echado el cerrojo a su cuenta, vetando su sabiduría a los simples mortales. ¡No hay derecho! Yo que estaba opositando para cinéfilo. ¿Quién me dará ahora el carnet? A ver cómo se lo cuento a Christine. Qué disgusto se va a pillar la pobre.

Sin embargo, estos seres no pueden ser más fascinantes, ya que al mismo tiempo que echan pestes contra todos los rebeldes que vemos «Los Goonies» (1985) en su programa comentan Las Tortugas Ninja al ritmo de «cowabunga» entre cajas de pizza. Ver al maestro Splinter y a sus reptiles repartiendo mamporros por Nueva York no parece casar mucho con el cine de Tarkovsky, del que también, sepan ustedes, soy devoto. El otro día vi «Buscando a Nemo» (2003) por septuagésima octava vez. Ya ven en qué nimiedades pierdo el tiempo a mis 23 años, teniendo a Dreyer en la filmoteca. «Los estigmatizados» (1922) ahí esperándome y yo viendo pececitos. Lo cierto es que mientras escribo estas líneas tengo de fondo «Cenizas y diamantes» (1958) digo de fondo porque es la tercera o cuarta vez que la veo. No, es la tercera. Cuatro sería demasiado adulto por mi parte y no conviene abusar. La madurez en pequeñas dosis, no vaya a perderse. Perderse. Eso es lo que nos permite el cine: perdernos en sus infinitas galaxias mientras contemplamos boquiabiertos la maravilla hecha imagen. Recorrer un universo tan fascinante como inabarcable, bien sea a bordo de una raya doblada por Javier Gurruchaga, o a velocidad vertiginosa a la entrada de Brentwood donde nos espera Burt Lancaster. En los planos de Vadim Yúsov o en la ciudad de Monstruópolis con Randall y compañía. El cine es fantasía, como el musical de Disney, o las películas de Billy Wilder. Podría seguir poniendo ejemplos, pero me van a disculpar, pues tengo que decidir si esta noche soy adulto viendo a Fritz Lang y a Pietro Germi, o si por el contrario vuelvo a mi niñez contando las manchas de los dálmatas.

The Phantom of the Opera


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