Vivir de cine

De todos es sabido que el séptimo arte es un universo tan fascinante como inabarcable. Harían falta varias vidas para ver todas las películas del mundo, y aun así, muchos de nosotros (el que esto escribe incluido) no conseguiríamos llegar a una cifra tan estratosférica. Piénsenlo: ¿cuántas películas se han filmado a lo largo de la historia? ¿Cuántas nos restan por ver? Sin duda, es una tarea casi imposible, y digo casi porque seguramente hay alguien que lo ha conseguido. Una hazaña digna de mención que debería constar cada año en el libro de los records. No obstante, lo de que la vida es muy corta no es enteramente cierto, pues a pesar de que el ritmo es fulgurante, en nuestra mano está hacer el viaje lo más placentero y ameno posible. Servidor, como bien saben, se nutre constantemente de cine de aquí y de allá. Desayuno con cine negro (el mejor de los diamantes) a media mañana viajo a Italia y me uno a la Cosa Nostra junto a Alberto Sordi o me acerco a Roma para ver a Monica Vitti y Anna Magnani. Dos de mis musas (otras de tantas), como es de sobra conocido. Como mientras sufro penurias bajo un cielo negro junto a Susana Canales, metáfora de la vida de su personaje (Emilia) y reflejo de su tormento. Puedo merendar fresas salvajes, con la correspondiente nostalgia que me produce la lectura de los cuentos de Tokio. Es como si me dieran cuatrocientos golpes y fuera incapaz de ver el final de la escapada. Aunque siempre nos quedará París. Lo mismo ocurre con la sed insaciable de cine. En la cena, siempre hay hueco para una última ronda, pero cuidado si te topas con el hombre del brazo de oro, una momia, un demonio del Japón feudal, o una rubia legendaria que quiera comparecer como testigo.

La travesía puede resultar tediosa por momentos. ¡Pues tome el dinero y corra, oiga! ¿O es que acaso quiere un poco de vino aderezado con arsénico? Podría presentarle a la fiera de mi niña, pero no se preocupe porque es más bella que bestia. Cada mañana me miro al espejo y me transporto a Shanghái. Mi mente es maquiavélica, no tengo escrúpulos, y mi pelo se torna rubio platino. He atravesado ríos bravos, rojos y grandes, para subirme a una diligencia, al tren de las tres y diez, o a caravanas llenas de mujeres que me lleven camino de Santa Fe, y ya les digo que no es un infierno de cobardes, sino una tierra de audaces. Del desierto al asfalto de Manhattan por el que se pasea un hombrecillo con la montura de gafas más famosa de la gran pantalla. Siempre le pregunto dónde está el Café Society, y el me responde: «siga a Hannah y a sus hermanas.» Mas yo soy un hombre irracional, y prefiero que lluevan balas sobre Broadway que encontrarme cara a cara con la poderosa Afrodita, no sea que lleve colgado un escorpión de jade, o algo peor, ¡que me diga que ha conocido al hombre de sus sueños!

¡Ah, el cine! ¡Dulce néctar de la vida! Compañero perpetuo de viaje. Tabla de salvación en los momentos más duros. Inspiración, refugio y abrigo. Mecanismo de evasión de una realidad tan triste como dantesca. En color o en blanco y negro. Silente o sonoro. Comedia o drama. En momentos de oscuridad, busco la rosa púrpura del Cairo anhelando traspasar la pantalla. Quién sabe si en un futuro no muy lejano será posible. Sea como fuere, aquí estamos y aquí seguimos. Y moriremos con las botas puestas.

The Phantom of the Opera


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